Ventana sobre las máscaras

27 Ene

El Ñato García se hizo el loco en Australia. Atardecía, y él estaba mirando el sol que se apagaba en Melbourne mientras en Montevideo se encendía, cuando decidió hacerse el loco.

Tuvo delirios y alucinaciones. Peleó contra los enemigos invisibles, lanzando puñetazos al aire, y pasó días y noches sentado contra una pared, sin cerrar los ojos. Se negó a hablar, porque el diablo de la locura se le metía por la boca abierta, se negó a dormir, por pánico de morir de locura de la noche. Aguantó pastillas, inyecciones, choques eléctricos. Y, por fin, después de cuatro años de prohibirse cualquier normalidad, los médicos australianos se convencieron de que él era un caso incurable.

Y así, el Ñato consiguió pasaje de vuelta, y consiguió una buena jubilación para vivir sin trabajar todo el resto de su vida. Por última vez se miró al espejo en su casa de Melbourne, dijo adiós al loco y se subió al avión.

Y llegó a la ciudad de sus nostalgias.

En Montevideo, buscó. Buscó la casa de su infancia, y allí había un supermercado. El campo baldío donde había hecho el amor por primera vez, era una playa de estacionamiento. Buscó a sus amigos, ya no estaban. Buscó y se buscó, y en ninguna parte se encontró, y entonces le entró la duda:

¿Quién se habrá quedado allá, en Melbourne? ¿El loco o yo?

Una vez por año, solamente una vez, el Ñato se reconoce en el espejo. Llega el carnaval, con sus truenos de tambores, y el Ñato se reconoce. Esto ocurre cuando el espejo le devuelve su cara de murga: nariz de payaso, una risa grande pintada sobre los labios, una luna entre las cejas y las estrellas desparramadas por toda la cara.