Las ovejas negras – Henrich Böll

4 Ago

Evidentemente, he sido designado para cuidar que la cadena de ovejas negras de mi familia no quede interrumpida en mi generación. Alguno debía serlo, y he sido yo. En un principio nadie lo habría dicho, pero el caso es que he sido yo. Las personas sensatas de nuestra familia aseguran que el tío Jacinto ejerció sobre mí una mala influencia. El tío Jacinto fue la oveja negra de la generación pasada, mi padrino. Alguien debía serlo, y fue él… En realidad, deberían estarnos agradecidos, pues una familia sin ovejas negras es una familia sin carácter.

El tío Jacinto tenía una gran cultura. No había materia en la cual no estuviera versado: sociología, literatura, música, arquitectura. En verdad, lo sabía todo. Incluso, a las personas especializadas les agradaba conversar con él, y todos lo encontraban inteligente, interesante y en extremo simpático…

No recuerdo la sucesión exacta de todos mis planes, eran demasiados, y los lapsos de tiempo que necesitaba para darme cuenta de su inviabilidad se fueron haciendo más cortos. Llego el momento en que un plan me duraba tres días, un tiempo de vida muy breve para un proyecto. La duración de mis disminuyo tan rápidamente que acabaron por convertirse en fugaces ideas, las cuales ni siquiera podía exponer a nadie porque yo mismo no las tenía claras.

En pocas palabras, no poseo la relativa constancia del tío Jacinto ni su simpatía, ni siquiera soy un buen conversador. Cuando estoy con la gente, la aburro, me quedo sentado sin decir una palabra y mis intentos de sacarles dinero son tan abruptos, en medio de un silencio incomodo, que a veces parecen extorsiones… Quizá lo malo de nosotros está en la incapacidad está en la incapacidad de convertir en oro nuestras auténticas capacidades, o como se dice ahora, de explotarlas comercialmente.

De cualquier forma, una cosa esta clara: si soy una oveja negra -de lo cual yo mismo no estoy en absoluto convencido-, pero en ese caso de serlo, pertenezco a una clase diferente de a la del tía Jacinto. No poseo ni su locuacidad ni so encanto y, por otro lado, a mi las deudas me intranquilizan, mientras que a él evidentemente le preocupaban muy poco. Además, hice algo horrible: claudiqué, pedí un puesto, Rogué ayuda a mis familiares, les pedí que movieran sus influencias para asegurarme, por lo menos una vez, una remuneración fija a cambio de un trabajo determinado. Yo lo hicieron. Después de formular la petición, de suplicar y apremiarlos por escrito y personalmente, me quedé consternado cuando ellos tomaron en serio mis buenas intenciones y me buscaron un empleo. Hice algo que hasta entonces no había hecho ninguna oveja negra: no me eché para atrás, no rechacé la oferta, acepté el puesto que me habían encontrado. Sacrifiqué algo que nunca debí sacrificar: ¡MI LIBERTAD!

Cada noche, cuando volvía cansado a casa, pensaba con irritación que había transcurrido otro día de mi vida sin aportarme nada más que cansancio, rabia y tanto dinero como me era necesario para seguir trabajando.

El tío se llama Otto en el cuento pero me gusto Jacinto por este pinche rolon,