Conocimiento, drogas, inspiración de Octavio Paz #420

20 Abr

Las semejanzas entre ciencia y poesía no deben hacernos olvidar una diferencia decisiva: el sujeto de la experiencia. El hombre de ciencia es un observador y, al menos voluntariamente, no participa en la experiencia. Digo “al menos voluntariamente” porque en ciertas ocasiones el observador fatalmente forma parte del fenómeno y, en consecuencia, lo altera. En el caso de la poesía moderna, el sujeto de la experiencia es el poeta mismo: él es el observador y el fenómeno observado. Su cuerpo y su psiquis, su ser entero, son el campo donde se operan toda suerte de transformaciones. La poesía moderna es un conocimiento experimental del sujeto mismo que conoce. Ver con los oídos, sentir con el pensamiento, combinar y usar hasta el límite nuestros poderes, para conocer un poco más de nosotros mismos y descubrir realidades incógnitas.

Una de las pretensiones mas irritantes de la poesía moderna es la de presentarse como una visión, esto es, como un conocimiento de realidades ocultas, invisibles. Se dice que lo mismo han dicho los poetas de todos los tiempos y lugares, pero Homero, Virgilio o Dante aseguran que se trata de una revelación que viene del exterior, un dios o un demonio. Hasta Góngora finge creer en este poder sobrenatural: “Cuantos me dictaron versos dulce musa…”. El poeta moderno declara que habla en nombre propio, sus visiones las saca de si mismo. No deja de ser turbador que la desaparición de las potencias divinas coinciden con la aparición de las drogas como donadoras de visión poética. El demonio familiar, la musa o el espíritu divino cede el sitio al laudano, al opio, al hachis, y más recientemente, a dos drogas mexicanas: el peyote (mezcalina) y los hongos alucinógenos. La antigüedad conocía muchas drogas y las utilizo con fines de contemplación, revelación y éxtasis. El nombre original de los hongos sagrados de México es Teononácatl, que quiere decir “carne de dios, hongo divino”. Los indios americanos y muchos pueblos de Oriente y África aun emplean las drogas con fines religiosos. Yo mismo, en India, en una fiesta religiosa, tuve oportunidad de probar una variedad del hachis llamada bhang; todos los concurrentes, sin excluir a los niños, comían o bebían esas sustancias. La diferencia es la siguiente: para los creyentes esta practica constituye un rito, para algunos poetas modernos y para muchos investigadores, una experiencia.

Baudelaire es uno de los primeros que se inclinan con “animo filosófico”, como él mismo dice, sobre los fenómenos espirituales que engendran el uso de las drogas. Es verdad que muchas de sus observaciones vienen de Thomas de Quince y que, ya antes, Coleridge decía que la composición de uno de sus poemas mas celebres se debió a una visión producida por el laudano durante la cual “all the images rose up is things, whit a parallel production of the correspondent expressions, without any sensation or consciousness of effort”. Pero ni de Quincy ni Coleridge, me parece intentaron extraer una estética y una filosofía de su experiencia. Baudelaire, en cambio, afirmo que ciertas drogas intensifican de tal modo nuestras sensaciones y las combinan de tal suerte que nos permiten contemplar la vida en su totalidad. La droga provoca la visión de la correspondencia universal, suscita la analogía, pone en movimiento a los objetos, hace del mundo un vasto poema hecho de ritmos y rima. La droga arranca al paciente de la realidad cotidiana, enmarañando nuestra percepción, alterando las sensaciones y, en fin, pone en entredicho al universo. Esta ruptura con el exterior solo es una base preliminar con la misma implacable suavidad la droga nos introduce en el interior de toda realidad: el mundo no cambio pero ahora lo vemos regido por una armonía secreta. La visión de Baudelaire es la de un poeta. El hachis no le revela la filosofía de la correspondencia universal ni la de la lengua como organismo animado, dueño de vida propia, y, en cierto modo, arquetipo de la realidad; la droga le sirve para penetrar mas profundamente en si mismo. A semejanzas de otras experiencias de veras decisivas, la droga transforma la ilusoria realidad cotidiana, nos obliga a contemplarnos por dentro. No nos abre la puerta de otro mundo ni pone en libertad a nuestra fantasía, más bien abre las puertas de nuestro mundo y nos enfrenta a nuestros fantasmas.

La tentación de las drogas, dice Baudelaire, es una manifestación de nuestro amor por el infinito. La droga nos devuelve al centro del universo, punto de intersección de todos los caminos y lugar de reconciliación de todas las contradicciones. El hombre regresa, por así decirlo, a su inocencia original. El tiempo se detiene, sin cesar de fluir, como una fuente que cae interminablemente sobre sí misma, de modo que ascenso y caída se funden en un solo movimiento. El espacio se convierte en un sistema de señales relampagueantes y los cuatro puntos cardinales nos obedecen. Todo esto se logra por medio de una comunión química. Un compuesto farmacéutico –señala el poeta- nos abre las puertas del paraíso. Esta idea no deja de ser escandalosa e irritante a muchos espíritus. A los hombres prácticos les parece nociva y antisocial: el uso de las drogas desviando al hombre de sus actividades productivas, relaja su voluntad y lo transforma en un parásito. ¿No puede decirse lo mismo de la mística y, en general, de toda actitud contemplativa? La condenación de las drogas por causa de utilidad social puede extenderse (y de hecho se extiende) a la mística, al amor y al arte. Todas esas actividades son antisociales y de ahí que en la imposibilidad de extirparlas del todo, se trata siempre de limitarlas. Para los espíritus religiosos y aun para el sentido moral corriente no es menos repugnante la idea de la droga como donadora de la visión divina o, por lo menos, de cierta paz espiritual. Los que así piensan quizás no repararon en que no se trata de una sustitución de los antiguos poderes sobrenaturales. La evaporación de la idea de Dios en el mundo moderno no procede de la aparición de las drogas (conocidas, por otra parte, desde hace milenios). Tal vez decimos lo contrario el uso de las drogas delata que el hombre no es un ser natural, al lado de la sed, el hambre, el sueño y el placer sexual, padecen nostalgia de infinito. Lo sobrenatural para emplear una expresión fácil aunque inexacta forma parte de su naturaleza. Todo lo que, sin excluir los actos mas simples y materiales, esta teñido de aspiración hacia lo absoluto. La imaginación –la facultad de producir o describir imágenes y la tentación de encarnar en esas imágenes- es su fondo último, su fondo sin fin.

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