Encuentro con el mal, Julio Cortázar

5 Feb

De Quincey debió darse cuenta, como después Dostoievski en el final de El idiota, que ciertos niveles del crimen están condicionados por valores diferentes, en un sistema donde el juicio y la conciencia comunes son como tragados por el horror sin nombre que mueve a la víctima. No se trata solamente del miedo que estimula y facilita una serie de asesinatos en cadena, como en los caos de Jack the Ripper o del Vampiro de Düsseldorf; incluso en un asesinato que no se ha visto precesido por el renombre de un criminal anónimo, pueden darse circunstancias que estaría tentado de llamar ceremoniales, una doble danza encadenada del victimario y la víctima, un cumplimiento.

La victimología existe hace años como disciplina, y es por así decirlo la antimateria de la criminología. Baudelaire, que sabía de estas cosas fué quiza el primero en intuir la alianza profunda del verdugo y su víctima.
¿Que habría hecho yo la noche del autobús 92 su el hombre del sobretodo negro me hubiese seguido por la rue Oudinot desierta?
No lo sé, desde luego, pero puedo excluir algunas cosas que no habría hecho, y una de ellas hubiera sido la de huir a la carrera; estoy persuadido de que lo absurdo de la situación me lo hubiese impedido. Probablemente me habría provocado un acto cualquiera de mi seguidor, haciéndole frente, dirigiéndole la palabra, pidiéndole fuego; pero ésa hubiera sido una conducta de víctima, el primer paso de la ceremonia.

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