Razón Yo robot, recorte

20 Ene

—Fíjate en ti —dijo finalmente—. No lo digo con espíritu de desprecio, pero fíjate bien. Estás hecho de un material blando y flojo, sin resistencia, dependiendo para la energía de la oxidación ineficiente del material orgánico…, como esto —añadió señalando con un gesto de reprobación los restos del bocadillo de Donovan—. Pasan periódicamente a un estado de coma, y la menor variación de temperatura, presión atmosférica, la humedad o la intensidad de radiación afecta vuestra eficiencia. Son alterables.

Yo, por el contrario, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizó con casi un cien por ciento de eficiencia. Estoy compuesto de fuerte metal, estoy consciente constantemente y puedo soportar fácilmente los más extremados cambios ambientales. Estos son hechos que, partiendo de la irrefutable proposición que ningún ser puede crear un ser más perfecto que él, reduce vuestra tonta teoría a la nada.

Las maldiciones murmuradas en voz baja por Donovan brotaron inteligibles al levantarse frunciendo sus rojas cejas.

—¡Muy bien, hijo de unos desperdicios de metal! Si no te hicimos nosotros, ¿quién te hizo?
—Muy bien, Donovan —asintió Cutie gravemente—. Esta era, desde luego, la cuestión siguiente. Evidentemente, mi creador tiene que ser más poderoso que yo y, por lo tanto, sólo es posible una hipótesis.
Los dos hombres de la Tierra le miraban sin expresión y Cutie prosiguió:
—¿Cuál es el centro de las actividades aquí en la Estación? Al servicio de quién estamos todos? ¿Qué absorbe toda nuestra atención?
Esperó, a la expectativa. Donovan miró asombrado a su compañero.
—Apostaría a que este amasijo de tornillos está hablando del mismo Convertidor de Energía.
—¿Es así, Cutie? —preguntó Powell.
—Estoy hablando del Señor —fue la fría respuesta que siguió.
Aquello fue la señal del estallido de risas de Donovan y el mismo Powell se permitió esbozar una sonrisa. Cutie se puso de pie y sus ojos brillantes se fijaron en uno y después en el otro.
—Da lo mismo lo que piensen y no me extraña que se nieguen a creerlo. Ustedes no tienen que estar mucho tiempo aquí, estoy seguro de ello.

Powell mismo ha dicho que al principio sólo los hombres servían al Señor; que después vinieron los robots para el trabajo rutinario; y finalmente yo, para dirigir. Los hechos son sin duda verdaderos, pero la explicación es completamente ilógica. ¿Quieren saber la verdad que hay detrás de todo esto?

—Sigue, Cutie, me diviertes.
—El Señor creó al principio el tipo más bajo, los humanos, formados más fácilmente. Poco a poco fue reemplazándolos por robots, el siguiente paso, y finalmente me creó a mí, para ocupar el sitio de los últimos humanos. A partir de ahora sirvo al Señor.

—No harás nada de esto —dijo Powell secamente—. Seguirás nuestras órdenes y te estarás tranquilo hasta que estemos convencidos que puedes dirigir el Convertidor. ¡Escucha! El Convertidor, no el Señor. Si no nos convences, serás desmontado. Y ahora, si no te importa…, puedes marcharte. Y llévate estos datos y regístralos debidamente.
Cutie aceptó los gráficos que le tendían y salió sin decir palabra. Donovan se echó atrás en su silla y se mesó los cabellos.
—Ese robot nos va a dar trabajo. ¡Está como una cabra!

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