4 Dic

Recortes de Azteca de Gary Jennings

I

Pero ahora, ¿qué voy a decir? ¿Qué le gustaría escuchar?
Como nuestra vida está medida, la mía ha sido larga. No morí durante mi infancia como pasa con muchos de nuestros niños. No morí en la guerra o en el campo de batalla, ni fui sacrificado en alguna ceremonia religiosa, como le ha sucedido a muchos por su propia voluntad.

No sucumbí por el exceso de bebida, ni por el ataque de un animal salvaje o la lenta descomposición del Ser Comido por los Dioses, esa terrible enfermedad que ustedes llaman lepra. No morí por contraer ninguna de las otras muchas enfermedades terribles que ustedes trajeron con sus barcos, a causa de las cuales tantos miles de miles han perecido.

Yo sobreviví aun a los dioses, los que para siempre serían inmortales. He sobrevivido a más de una gavilla de años, para ver, hacer, aprender y recordar mucho.

Pero ningún hombre puede saberlo todo, ni siquiera lo de su propio tiempo, y la vida en esta tierra empezó inmensurables años antes que la mía. Solamente de mi vida puedo hablar, solamente de la mía, que puedo hacer volver como una sombra de vida por medio de su tinta negra.

II

Piense, Su Ilustrísima; imagíneselo como un árbol de gran sombra. Vea en su mente su inmensidad, sus poderosas ramas y los pájaros que habitan entre ellas; el follaje lozano, la luz del sol a través de él, la frescura que deja caer sobre la casa, sobre una familia; la niña y el niño que éramos mi hermana y yo.

¿Podría Su Ilustrísima comprimir ese árbol de gran sombra dentro de una bellota, como la que una vez el padre de Su Ilustrísima empujó entre las piernas de su madre?

Yya, ayya, he desagradado a Su Ilustrísima y consternado a sus escribanos. Perdóneme, Su Ilustrísima. Debí haber supuesto que la copulación privada de los hombres blancos con sus mujeres blancas debe ser diferente, más delicada, de como yo los he visto copular a la fuerza con nuestras mujeres en público, y seguramente la cristiana copulación de la cual fue producto Su Ilustrísima, debió de haber sido aún mucho más delicada que…

Sí, sí. Su Ilustrísima, desisto.

III

En el día que nosotros llamamos Siete Flor, en el mes del Dios Ascendente en el año Trece Conejo, el dios de la lluvia, Tláloc, era el que hablaba más fuerte, en una tormenta resonante. Esto era poco usual, ya que la temporada de lluvias debía haber terminado.

Los espíritus tlaloque que atendían al dios Tláloc estaban golpeando con sus tenedores de luz, rompiendo las grandes cascaras de nubes, despedazándolas con gran rugido de truenos y escupiendo violentamente sus cascadas de lluvia.

En la tarde de ese día, en medio del tumulto causado por la tormenta, en una pequeña casa en la isla de Xaltocan, nací de mi madre para empezar a morir.

IV

La comadrona me dio por nombre Siete Flor. Este nombre del día de nacimiento sería el mío hasta haber pasado los peligros de la infancia, o sea hasta que tuviera siete años, en cuya edad se podía suponer que podría vivir lo suficiente para poder crecer, y entonces me sería dado un nombre de adulto más distintivo.

Ella dijo: «Siete Flor, mi muy amado y tierno niño que he recibido, he aquí la palabra que nos fue dada hace mucho tiempo por los dioses. Tú has nacido de esta madre y este padre solamente para ser guerrero y siervo de los dioses. Este lugar en el que acabas de nacer, no es tu verdadero hogar».

Y ella dijo: «Siete Flor, tu deber más importante es dar a beber al sol la sangre de tus enemigos y alimentar la tierra con los cadáveres de tus oponentes. Si tu tonali es fuerte, estarás por muy poco tiempo con nosotros y en este lugar. Tu verdadero hogar estará en la tierra de nuestro dios-sol Tonatíu».

Y ella dijo: «Siete Flor, si tú creces hasta morir como un xochimiqui, uno de los muy afortunados que alcanzan el mérito suficiente de tener una Muerte Florida, en la guerra o en el sacrificio, vivirás otra vez, eternamente feliz en Tonatiucan, el otro mundo del sol y servirás a Tonatíu por siempre y para siempre y te regocijarás en su servicio»

V

«¡Abre bien los ojos ahora, hijo Mixtli!», gritó mi padre desde su lugar en los remos. Como si Flor del Atardecer hubiera dado una señal, una segunda luz apareció, ésta a un nivel muy por debajo de la línea dentada de las negras montañas. Entonces llegó otro punto de luz, y otro y otros veinte de veinte más.

Así vi Tenochtitlan por primera vez en mi vida: no como una ciudad de torres de piedra, de ricos enmaderados y pinturas brillantes, sino como una ciudad de luz. Según se iban encendiendo las lámparas, linternas, velas y antorchas, por las aberturas de las ventanas, en las calles, a lo largo de los canales, en las terrazas, cornisas y tejados de los edificios, los puntitos separados de luz se hicieron grupos, los grupos se mezclaron para formar líneas de luz y las líneas de luz dibujaron los contornos de la ciudad. Los edificios en sí, desde esa distancia, estaban oscuros y sus contornos borrosos, pero las luces, ¡ayyo, las luces! Amarillas, blancas, rojas, jácinth, en todos los colores variados del fuego y aquí y allá una verde o azul, en donde el fuego del altar de algún templo había sido rociado con sal o con filigranas de cobre.

Cada uno de esos grupitos y bandas de luz como cuentas relucientes, brillaban dos veces pues cada una tenía su reflejo brillante en el lago. Aun las calzadas elevadas y empedradas que saltan entre la isla y tierra firme, aun éstas, portaban linternas en palos a intervalos en toda su extensión, a través del agua. Desde nuestro acali podía ver solamente las dos calzadas que salían de la ciudad hacia el norte y hacia el sur, pero cada una parecía ser una brillante y delgada cadena de joyas a través del cuello de la noche, un espléndido pendiente de brillante joyería en el seno de la noche.

«Mexico-Tenochtitlan, Cem-Anáhuac Tlali Yoloco —murmuró mi padre—.
Es realmente El Corazón y el Centro del Único Mundo». Yo había estado tan transportado por el encanto, que no me había dado cuenta de que él estaba a mi lado.
«Mira todo lo que puedas, hijo Mixtli. Tú puedes ver esta maravilla y muchas otras más de una vez, pero siempre y por siempre habrá sólo una primera vez»

VI

«Gracias por tu amable ofrecimiento, pero descansaré aquí un rato todavía. Es mejor que acabes de subir el cerro solo, porque todo el resto de tu vida te espera al otro lado».
Eso me sonó muy portentoso, pero vi una pequeña falacia en él y sonreí de mi perspicacia.
«Seguramente que mi vida me espera en cualquier parte que yo vaya desde aquí, solo o no».
El hombre de color cacao sonrió también, aunque irónicamente.
«Sí, a tu edad esperan muchas clases de vida. Puedes ir en la dirección que escojas. Puedes ir solo o acompañado. Los compañeros quizás caminarán contigo una distancia larga o corta. Pero al final de tu vida, no importa cuán llenos hayan estado tus caminos y tus días, habrás tenido que aprender lo que todos aprenden. Será entonces demasiado tarde para comenzar de nuevo, demasiado tarde para todo, excepto el remordimiento. Así es que apréndelo en este momento. Ningún hombre ha vivido jamás más que una vida y ésa ha sido escogida por él mismo y la mayor parte la vive solo.
—Hizo una pausa y sus ojos se fijaron en los míos—.
Entonces, Mixtli, ¿qué camino vas a tomar desde aquí y en compañía de quién?».
Di la vuelta y seguí subiendo el cerro, solo.

VII

Un hombre puede afrontar cara a cara una muerte honorable en el campo de batalla o en un altar. Una mujer puede afrontar el riesgo de una muerte honorable al dar a luz. Pero nosotros no podemos afrontar una muerte que llega de un modo diferente, como el soplo que apaga la llama de una lámpara. Nuestro miedo más grande proviene de ser extinguidos de una manera caprichosa y sin sentido.

VIII

El metí, Su Ilustrísima, es la planta del tamaño de un hombre, verde o azul, que ustedes nos han enseñado a llamar maguey. Bienhechor, generoso y aun bello de mirar, el maguey es el vegetal más útil que crece en cualquier parte. Sus hojas largas y curvas se pueden cortar y colocarse de tal manera extendidas, que pueden formar el techo de una casa, protegiéndola contra la lluvia. O las hojas se pueden golpear hasta hacerlas pulpa y prensadas y secas convertirse en papel. O las fibras de sus hojas ser separadas y torcerse para dar forma a cualquier tipo de cordón, desde cuerda hasta hilo, y éste se puede tejer para hacer una tela ruda, pero útil. Las duras y aguzadas espinas que están en los bordes de las hojas, pueden servir como agujas, alfileres o clavos. Éstas sirven a nuestros sacerdotes como instrumento de tortura, mutilación y automortificación.

Sus raíces, que crecen casi al ras de la tierra, son blancas y suaves, y se pueden cocinar para hacer un dulce delicioso. O se pueden poner a secar, y sirven para alimentar un fuego sin que eche humo, y las cenizas blancas que quedan son usadas para todo, desde alisar papel de corteza hasta hacer jabón. Si se corta la hoja del maguey por el centro, se puede hacer un hoyo hasta su corazón para extraerse una savia clara. Ésta es una bebida sabrosa y nutritiva. Embarrada sobre la piel, previene arrugas, salpullidos y la deja sin defectos; nuestras mujeres lo usan mucho para eso. Nuestros hombres prefieren dejar fermentar el jugo del maguey hasta convertirse en el emborrachador octli, o pulque, como ustedes lo llaman. Nuestros niños lo prefieren cocido hasta convertirse en un jarabe, que llega a ser tan pesado y dulce como la miel.

Para acabar, el maguey ofrece cada una de las partes y partículas de su ser, para el bien de nosotros que lo hacemos crecer y lo cuidamos.

IX

Aunque se supone que los dioses saben todos nuestros planes y conocen sus finales antes de sus principios, los dioses son traviesos y se deleitan en incomodar a los hombres en sus planes. Ellos prefieren con frecuencia complicar esos planes como pudieran enredar las redes de los cazadores, o frustrarlos de tal manera que los planes nunca lleguen a resultar.

Muy rara vez los dioses intervienen para un propósito mejor, pero creo que en esa ocasión al ver mi plan se dijeron entre ellos: «Este oscuro proyecto con el que está contribuyendo Nube Oscura, es tan irónicamente bueno que vamos a hacerlo irónicamente mucho mejor».

X

«Todo esto va a desaparecer de la vista, del tacto y de cualquier otra sensación y sentido humano. Sólo existirá en la memoria. Y tú serás el encargado de recoger y transmitir esos recuerdos».
«Tú perseverarás»

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