3 Nov

Recortes para Día De Muertos

Más recortes, siempre recortes, somos recortes de tiempo, letras y sonidos.

La contemplación del horror, y aun la familiaridad y la complacencia en su trato, constituyen contrariamente uno de los rasgos más notables del carácter mexicano. Los Cristos ensangrentados de las iglesias pueblerinas, el humor macabro de ciertos encabezados de los diarios, los “velorios”, la costumbre de comer el 2 de Noviembre panes y dulces que fingen huesos y calaveras, son hábitos, heredados de indios y españoles, inseparables en nuestro ser. Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte. El gusto por la autodestrucción no se deriva nada más de tendencias masoquistas, sino también de una cierta religiosidad.

El pachuco y otros extramos. El laberinto de la soledad, Octavio Paz.

No es eterna la muerte
espíritus míos que del cielo bajan.
Siento presencias aquí en lo imperfecto
donde los que tenemos vida estamos muertos,
y los que están muertos tienen vida.
Vivimos un día de fiesta
en un escape momentáneo a la muerte,
en un instante aferrados a la vida.
Compartan la mesa con nosotros,
coman y beban nuestros frutos,
dancemos luego con la muerte
que en cada máscara se oculta.
Espíritus vivos.
Espíritus muertos.
Ésta es nuestra fiesta,
asomemos un instante nuestros mundos.
Nosotros tenemos corazón, ustedes también.
En esta vida que no es eterna.
En esta muerte que no es eterna.

Juan Gregorio Regino, Escritor Mazateco.

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un río?

Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

Yuria, Jaime Sabines.

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