19 Jul

Crónica de la ciudad de la furia

En las manifestaciones de izquierda, desfila a la cabeza. Suele asistir a los actos culturales, porque sabe que después hay farra. Le gusta el ron, sin hielo ni agua, pero que sea cubano.

Respeta los semáforos. Camina el barrio de punta a punta, al derecho y al revés, recorriendo amigos y enemigos. En las subidas, prefiere el ruta 25, y se cuela sin pagar pasaje. Algunos choferes le tiran la bronca: cuando se baja, le gritan pelón de mierda.

Se llama Huicho y es buscabronca y enamorado. Pelea hasta con cuatro a la vez; y en las noches de luna llena, se escapa a buscar novias. Después cuenta, alborotado, las locas aventuras que viene de vivir. Araceli no le entiende los detalles, aunque le capta el sentido general.

Una vez, hace años, se lo llevaron muy fuera del barrio. La comida no alcanzaba, y resolvieron dejarlo en el lejano pueblo donde había nacido. Pero volvió. Al año, volvió. Llegó a la puerta de su casa y se quedó ahí tirado, sin fuerza para celebrarlo moviendo el rabo, ni para anunciarlo ladrando. Había andado por muchas montañas y avenidas y llegó en las últimas, hecho una piltrafa, los huesos a la vista, el pellejo sucio de sangre seca y el corazón roto. Desde entonces odia a los burócratas, los uniformes y las dobles intenciones.

Texto original Crónica de la ciudad de Quito, El libro de los abrazos. Eduardo Galeano. Me gusta tanto que lo hago mio…

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